¿A donde va a parar nuestra inmundicia?

Un atentado ecológico, perpetrado por regantes y Ayuntamiento de Albacete, y con la connivencia de la Confederación Hidrográfica del Júcar.

 

La ciudad de Albacete, junto con sus dos polígonos industriales, genera un gran volumen de aguas residuales, que son tratadas en la estación de depuración de aguas residuales de Albacete. Este importante volumen de "aguas" sucias generado, que contiene una gran carga de contaminantes procedentes de la actividad doméstica e industrial, un cóctel tóxico muy variado, es tratado en la E.D.A.R. de manera manifiestamente insuficiente, donde sólo se le somete a una depuración secundaría, separación de sólidos y de materia orgánica, quedando este "agua" supuestamente depurada repleta de contaminantes químicos.

Esta muy insuficiente depuración, devuelve al cauce del canal de María Cristina, previó pasó por una gran zona encharcable, la llamada balsa de laminación, punto en el que se une con otro canal proveniente de la ciudad, que no pasa por la depuradora, un líquido apestoso e infecto, cargado de peligrosos contaminantes.

Este líquido infecto se filtra a el acuífero, y es utilizado para regadíos que se sitúan en los márgenes de dicho canal. El antaño agua limpia del río del Jardín, que al llegar a la llanura se unía al de Lezúza y al de Barrax, y, tras atravesar la ciudad se encaminaban a su confluencia con el Júcar a la altura de Cubas, actualmente se desangra por la sobreexplotación que sufre en la vega de Balazote y en los regadíos que existen entre este pueblo y Albacete, no llegando ni gota a la ciudad, y tras pasar por esta se recarga el cauce con aguas infectas(las de la depuradora), que son nuevamente sobreexplotadas en los regadíos de los aguatenientes que existen desde Albacete a La Felipa, pasando por Tinajeros.

A la altura de La Felipa desaparece hasta la última gota, y desde aquí, hasta Cubas se convierte en una rambla seca.

Esta es, resumida, la muy lamentable historia de un río, que pasa en apenas unos sesenta kilómetros, de ser un prístino arroyo de montaña, del que se podría beber, con una calidad biológica y química envidiables, a secarse, después a rellenarse de líquido contaminante, y por fin, nuevamente a secarse.

Un atentado ecológico, perpetrado por regantes y Ayuntamiento de Albacete, y con la connivencia de la Confederación Hidrográfica del Júcar.

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