Previous Next

¿Estamos cuidando el agua que bebemos en nuestros pueblos?

¿Qué ocurrirá en pocos años con la calidad de las aguas de abastecimiento de Casas Ibáñez, Zulema y Alborea, que se surten de pozos en las inmediaciones de Zulema, muy cerca de la zona de esparcimiento de purines de la macrogranja porcina de Balsa de Ves?

Cada vez van a ser más los pueblos, como Higueruela, que informen a su población de los riesgos de beber agua del grifo porque su contenido en nitratos supera los límites admisibles para la salud pública.

Las fotos de este artículo muestran cubas de 30.000 litros de purines saliendo continuamente de la macrogranja que Grupo Sanchiz tiene en Bonete, y que en menos de 15 minutos se vacían, encharcando tierras de cultivo. Lo mismo ocurre en las macrogranjas que este grupo tiene en Balsa de Ves y Chichilla de Montearagón. Y lo mismo ocurre con los purines de otras granjas que, aunque de menor tamaño, comienzan a proliferar por todos lados.

Las relaciones de connivencia entre la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y el lobby de las macrogranjas industriales ya están teniendo efectos devastadores para el presente y el futuro de nuestra tierra y sus gentes. Y luego vendrá el dinero público a intentar poner tiritas en las hemorragias mortales abiertas por las ansias de maximizar beneficios empresariales con el visto bueno de los poderes públicos. En el mejor de los casos nos dirán que el agua que siempre hemos bebido está contaminada y que hay que hacer una planta de tratamiento para eliminar las sustancias contaminantes. Una planta de tratamiento muy cara que al final aumentará de manera muy importante el coste del recibo del agua que pagamos trimestralmente.

El gobierno de esta región no entiende el desarrollo de otra manera distinta a insertarnos irresponsable y mortalmente en los flujos de producción y comercialización que dicta un capitalismo globalizado y criminal.

El mismo gobierno de Castilla-La Mancha se jacta de que esta comunidad es el viñedo del mundo, la macropocilga del mundo, de expandir a un ritmo exponencial almendros, pistachos y olivos en regadío. Se trata de producir cada vez más y más con destino a los mercados internacionales, aunque ello sea a costa de secar nuestros acuíferos, humedales y ríos, contaminar el suelo, la tierra y el agua por doquier, en definitiva, ir más rápido aún que el cambio climático en la fatal tarea de sustituir vergeles y campos por desiertos.

Dos tareas para los pueblos: resistir y construir.

Resistir y luchar contra esta sinrazón de una ganadería y agricultura sin alma, mercantilizadas a ultranza.

Construir otro mundo rural, basado en comunidades de iguales, pensado para la vida digna, que ponga en el centro el agua, la tierra y el aire.

¿Aún nos creemos que en los planes de las grandes empresas globales que están detrás de los agronegocios entra la conservación y el cuidado de nuestros territorios para una vida digna?